21 de marzo de 2009

Escrito Perdido de Año Nuevo

Hay épocas del año especializadas en hacernos sentir confusos, no sabemos a dónde ir, qué hacer, hay que tomar decisiones y todo se vuelve una cuestión de vida o muerte: porque a fin de cuentas, siempre hay que elegir lo que es mejor para nuestra vida, hay que elegir “vida”, pero ¿podremos darnos cuenta  a tiempo cuál es cuál?

Hacemos balance del año que pasó, vemos todo lo que crecimos, entendemos que hay cosas en la sociedad que quizá no van a cambiar jamás, pero nos sentimos positivos frente a eso, porque somos jóvenes, bellos, enérgicos y tenemos toda la vida para marcar la diferencia de “animarse a hacer las cosas bien” (que, lo crean o no, implica ser extremadamente valiente).

No queremos dejar escapar aquellas cosas que nos hacen sentir bien, sin embargo nos percatamos de que ya no son suficientes; vemos cómo los planes para el futuro se nos acercan a una velocidad alarmante, convirtiéndose en el presente, separándonos de amigos, familiares y mascotas; y no queremos, nos rehusamos caprichosamente a renunciar a todo lo construido en el pasado, por lo cual atamos los lazos de los vínculos logrados a nuestra muñeca, para no dejarlos ir.

Ahí está el centro de todo el asunto: soltar, dejar ir, porque así como a nosotros tienen que soltarnos las manos, debemos aprender a hacerlo también. Es tan difícil, uno cree que no va a poder, y nos duele hasta el alma, porque es tu mejor amigo quién toma otra ruta (al igual que uno) para empezar esta carrera de la vida. Observar la espalda de los seres queridos al caminar, puede pegar como el primer relámpago de una tormenta.

Luego, cuando creemos que ya sólo nos queda aceptar la realidad y terminar el año en paz, con fiestas y familia y amigos y pan dulce con fuegos artificiales, sucede algo que nos sacude nuevamente el piso: se nos obliga a crecer, y ese último respiro que te daría las fuerzas para facilitarle la bienvenida al año nuevo, te es requerido por el presionado corazón para hacerle frente con un último esfuerzo desesperado a eso que todos llaman “vida de adulto”. Empiezan nuevamente las corridas, los llantos, las discusiones, las pérdidas, los abrazos de contención.

No sé qué viene después de eso, porque en ese lugar me encuentro ahora, pero voy a pretender que éste es uno de mis conocidos monólogos reflexivos superados, y escribiré lo siguiente para terminarlo: “tras unos días de maquinar y mirar serios el horizonte, comprendemos que no es tan terrible nuestra situación y que, de hecho, es lo más normal del mundo. Entonces nos dedicamos a vivir el presente, no el futuro que es incierto y nunca preciso con su llegada, que es cada segundo nuevo. Ese futuro que se hizo presente debe ser disfrutado al máximo, sacar lo bueno, aprender, caer y levantarnos.

La vida sigue, con todo lo que eso implica.”


PS: It DID happened that way, so, now you know.

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