19 de julio de 2009

Teddy Bear.

A la niña de los pantalones verdes le gustaba hamacarse. Generalmente lo hacía sola, así es como lo había aprendido. También sabía hacer chocolatada y sacar algo de una bolsa sin hacer ruido.

Un día de se dio cuenta de que su oso favorito no estaba más, faltaba. Si no lloró fue porque entendió que eso no la iba a ayudar en nada más que a empaparse, y lo menos que quería era nadar. Nada fue lo mismo desde entonces, aunque jamás se preguntó cómo hubiera sido la vida si el oso se hubiera quedado (porque estaba segura de que había salido caminando por la mismísima puerta, cerrándola después... porque tenía que haber sido voluntario).
La tarea se volvió copiosa e insípida, dejó de gustarle el membrillo, y desarrolló una capacidad inútil para hacer zapping. O quizá siempre fue así, quizá el vacío no cambiaba nada.

Se acostumbró a pasear entre piernas y a esquivar los charcos de la calle a medida que fue creciendo. Cada día era un color nuevo, hasta que llegó a los cuatro mil trescientos ochenta tonos cromados y se creyó gris para siempre.

Luego se pensó como colectivo: le dio por llevar gente que en algún momento se iba a bajar sola. Fueron años muy altivos, donde ella manejaba y de la que todos dependían por algo.
Por eso cambió profesión. En realidad quiso bailar en Moulin Rouge, pero infló velas y se atrancó a un pupitre.

La niña de los pantalones verdes no sabía extrañar a su oso (era muy pequeña para comprenderlo), pero era muy capaz de vender todas sus figuritas para tenerlo de vuelta una vez más.
Se prometió no hacer un diario íntimo y desconfiar de los noticieros. A la larga también le fallaron los kioskos.
Su ocupación fue buscar un reemplazo. Durante muchos veranos, fue la única en mirar vidrieras.

Todo acabó al empuñar el lápiz.

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