19 de septiembre de 2009

Supuestamente agua.

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Se supone que entre mis cuadernos algo iba a encontrar, que llenaría este espacio con palabras dignas, que las páginas amarillas guardaban para mí la frase justa, que me ayudarían a no escribir lo que es el agua porque ya tendría las oraciones armadas.

Teóricamente, si hubiera habido tal texto, seguramente describiría lo azul que se vuelve el mundo sumergido, lleno de espejismos húmedos, con polvo y hojas secas caídas encima; probablemente haría alusión al rayo solar, colado irremediable, entre las ondas expansivas de una gota indigente, dándole vida cálida al ruidoso oleaje (provocado, como sólo se puede esperar aquí, por las piernas y su movimiento a lo propela de barco).

Quizá en algún punto indeterminado del escrito se mencionaría la sensación tan indescriptible de sumergirse, girar, chocar el suelo, ver a los cabellos abriéndose paso por la espalda, darle una palmada a las burbujas de aliento y seguir de largo, en un largo que (rogas) sea interminable, porque la presión de la fresca, cristalina, diáfana, preciosa agua te hace sentir más vivo que nunca.

Entonces abrís los ojos y contemplas. Tu paisaje es mojado y se pega a la piel como se juntan la luna y la noche, el cielo arriba es ondulado y mucho más celeste, el sol un charco de luz indefinible, tus manos más blancas tras el espejo de hielo sin solidificaciones, y respirar se vuelve tan necesario que quisieras poder ser un pez, porque no queres bajarte al pasto. Por eso luego la bocanada liberadora de oxigeno, para sumergirte de nuevo.

Si, eso es lo que hubiera estado delineado en papeles antiguos si alguna vez se le hubiera ocurrido a mis manos transcribirlo.

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