Te descubrí un día, y al rato ya te quería un poco, te aconsejaba, ya te retaba.
Tenías todo un futuro por delante, planes, metas. Existías a pesar de mí, no eras sólo una parte de mis venas.
A veces te grababa en un papel, a veces te cantaba, y a veces te mantenía lejos, a raya, archivada en uno de esos ficheros enormes que hay dentro.
Y tenías un pasado que yo conocía bien; siempre fui parte de él, y siempre te llevaste cosas mías.
Me gustabas cuando te agarraban las ganas de vivir aventuras de toda clase, incluso te seguía respetando cuando quisiste enamorarte del malo de la historia o cuando desapareciste por meses – años quizá – y ni siquiera llamaste ni avisaste que volvías.
Eras tan libre como yo, tan fresca, pero tan vieja y cómplice. Estabas enganchada en todo lo que hacía, incluso en las vergüenzas y en los pecados.
Creo que me conocías mucho mejor de lo que yo llegué a conocerte, puntual cuando quería que fueras puntual, real, invisible. Jamás pude encontrarte entre la gente, ¿sabes? A lo sumo me miré en el espejo dos o tres veces y te vi ahí también, en el fondo de mis pupilas.
Alcanzaste tal profundidad que te volviste orgullosa de ello, te me escapabas, pugnabas por otros destinos; me odiaste en ese relato corto que te hice protagonizar muy a tu pesar. Pero aún así tratabas de contentarme, te volviste medio amiga para no caer incoherente al olvido.
Y lo lograste, cobraste la vida que necesitabas. Y ahora me esperas tranquila, sonriendo serena.
Algún día algo se me va a ocurrir, no te preocupes.
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