3 de enero de 2010

Día 3

Un clavo es algo complejo.
Primero cuesta un huevo meterlo en la pared porque si le das el golpe o movimiento equivocado, lo cagas y queda o torcido o roto o ya ni entra ni sirve. Si lo golpeas muy fuerte ni bien lo agarras se hace una grieta en la pared. Si al principio martillas bien, pero cuando ya casi está listo le das con más fuerza de la necesaria, se hunde muchísimo más de lo deseado en la pared y es difícil sacarlo, además de que deja todo descascarado al rededor. O a veces ni siquiera lo tocas y ya te lastimaste, te diste con tu propio martillo en el dedo.
Un tiempo después, cuando uno necesita revestir de nuevo esa pared, pintarla, agregar algún objeto en ese lugar, o lo que sea, es necesario remover el clavo de su posición. Esto te cuesta el otro huevo.
Es una gran mentira que un clavo saca otro. Si osas poner otro clavo en el mismo punto mientras el primer clavo sigue ahí, te va a quedar o un rejunte de clavos totalmente inútiles o un agujero horrible enorme. O una grieta que sólo va a cerrarse con varias manos profesionales de enduido y una capa de pintura encima. Y los otros clavos no tienen la culpa de que una sea una pelotuda y haga las cosas mal. Gran mentira, gran desperdicio.
No, para sacar un clavo correctamente es fundamental la paciencia, la constancia y la fuerza. Con la ayuda de una pinza (porque siempre hay que pedir ayuda, vencer el miedo de volverse un albañil solitario y sin herramientas), vamos tirando de a poco, despacio pero firmemente. Esperar a que salga para colocar el otro clavo o remodelar la pared. Eventualmente va a ceder, no sabemos si el clavo mismo o la pared, pero te aseguro que va a salir tarde o temprano.
Obviamente, no podes evitar el pequeño agujerito que va a quedar en su ausencia, pero al ser minúsculo es más sencillo, más manejable.
Y no es lo mismo lidiar con una pared rota que con una pared con experiencia.

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