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Bajo esa inminente y húmeda lluvia, andaba con aire pensativo, casi importante, por las calles del barrio volviendo a su casa. Verla caminar era un espectáculo lleno de gracia, si hasta parecía que intentaba con todas sus fuerzas mojarse con las gotas que caían de los techos y los carteles, en vez de esquivarlos como hace generalmente todo el mundo.
Es que para ella no era un día normal, estaba sola en su casa (toda para ella), pero no aguantaba quedarse despanzurrada en el sofá mirando la tele (estupidizandose) y comiendo las galletitas que no terminó la otra vez. Por eso salió, aun cuando estaba nublado y amenazante. Por eso salió, porque la luz gris y las baldosas mojadas le daban a la cuidad un toque encantador, imposible si no fuera por las condiciones climáticas presentes, y tentador, como para no dejarlo de ver desde el mismo cuadro en que todo estaba.
Cerró con llave, pero sin paraguas, y al volver empapó de tarde marfil el parquet de su casa.
La gentileza de la compañía de luz consistía en cortarle el suministro de energía cada vez que se quedaba sola, y eso la ponía muy nerviosa. No se sabe actualmente si era un complot universal, o una simple coincidencia indignante, pero el hecho de tener que encontrar a tientas las velas que había en la repisa de la cocina no le hacia ninguna gracia. Claro que después, acostumbrada a esa penumbra anaranjada, le parecía una aventura fascinante y se sumergía de lleno al libro que había intentado leer la noche anterior. Todo eso creaba un ambiente muy propicio para desatar un poco la imaginación que se ensortijaba sola cual bucle en su interior, formando sortilegios y deshaciendo barreras.
En el transcurso de dos ensombrecidas horas, el grosor de páginas por leer había disminuido considerablemente, y cuando llegaba ya al último capítulo se percató de que el zumbido producido por el grupo electrógeno de su edificio ya no se escuchaba. La luz había vuelto, y con ella su habitación llena de cosas por recoger que se había reemplazado minutos antes por la terraza de una torre en medio de la noche fría, en donde luchaban ferozmente y a punta de espada dos hombres, uno un caballero educado y dulce, otro apestoso y de mente perversa (como en todos los cuentos de hadas). Se rompió sutilmente la caravana de imágenes, para ver más claramente la verdad de las medias por lavar.
Se levantó de su cama, que era donde la lectura se había llevado a cabo, enchufó lo que antes desenchufó por precaución y prendió las luces que había apagado para que no se quemaran cuando la energía retornara. Suena medio ilógico, pero cuando se corta la luz, hay que apretar el interruptor del lado en que en la antigüedad decía “off” para que no se termine de arruinar la bombita. La psicología de las lamparitas siempre fue compleja, como la de las ideas.
Así, con todas las realidades expuestas, terminó ella de leer su libro, en medio del despliegue tecnológico que hace posible tantas cosas y hace ver tontas a tantas otras, y sonrió porque hasta el relato finalizaba de manera completa. El drama había pasado, se habían descubierto las soluciones, y todo continuaba como transcurren las cosas después del cataclismo: como se puede, pero sobre todo, se puede.
La sartén gritaba su nombre, la heladera pedía su rápida apertura, y su estomago gruñía de solo imaginar el repiqueteo del tenedor contra el plato. La cocina abría las puertas a sus cualidades culinarias, prendió una de las hornallas, puso agua en una olla, agregó el zapallo y la carne, y se dedicó a esperar. Atenta ante cualquier indicio de esparcir sal o bajar el fuego, puso mesa para uno y, agarrando la revista de la televisión, observó la oferta de películas del día.
Como no le gustó ninguna, cenó en silencio.
Natalia Santa María,
en Letras de Oro 2007
(Autores seleccionados en la XVI Convocatoria Internacional
de poesía y narrativa breve) Tomo I,
Editorial Nuevo Ser.
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