30 de octubre de 2010

Día 334


Hueles a sábado por la mañana y cielo despejado. Es imposible confundir ese olor, habiéndolo presenciado incontables veces y de las formas más diversas; darle la bienvenida al sol con la piel descubierta.
Lo que está enfrente sigue desenfocado cuando levanto una mano para encontrar el minutero, palpando mi circunferencia; soy un planeta pequeño en un emparedado de algodón y fibras sintéticas. Retengo el número seis dos puntos treinta y cuatro, un poco temprano todavía para sacar al resto de mis células fuera.
También hueles a hoy tengo que hacer unas cuantas cosas; afortunadamente, se me presenta como un perfume y no como el tufo de la cotidianidad, porque el querer está muy involucrado en esta vuelta de tuerca. Por lo tanto, ahora sí, abro de par en par (aunque sólo tenga un par) esas puertas receptoras de mi perspectiva en el mundo.
Me estiro: primero el brazo derecho, bien largo, luego el izquierdo; luego arqueo la columna y giro de costado, me quedo un ratito en ese formato de media luna humana hasta que cantan dos o tres vértebras; vuelvo con todo el cuerpo a mirar el techo y respiro hondo, irremediablemente despierta, sonriendo.
Cantan las aves detrás de mi ventana y tú hueles bien, día lindo.

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