Solía vestirse de flores y bailarle a la luna. Nunca liviana, siempre en puntitas. Haciendo círculos, dibujando canciones, quizá letras, quizá penas, así pasaba tardes enteras. Lloraba otoños; sus ojos eran hoja marchita que cae lenta.
Rodeada de fantasmas, cansada del cansancio, aquellos le susurraban bajito sus historias finales, maravillada ella. Y ella pensaba, qué bonito sería verme en el medio de tu nada.
Se calzaba con plástico, se ataba el pelo con aire. En el centro de su estructura había un corazón un poco en trizas, aunque esperanzado y caminante.
Un día se le cayó el vaso con agua, que se hizo añicos, y se mojó las piernas, y se cortó el tobillo -sangraba apenas-, y le agarró miedo, pero también se sentía despierta, y limpió entonces el desastre, se reconstruyó entera.
Luego se vistió de marrón y cemento, y parecía firme, y a la vez etérea.
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