Era el cañón más grande que había visto en su vida. Rojo, insondable. Una garganta de tierra gritando un abismo, gritando sus silencios.
Enfrentado con los vientos miraba su pequeñez, trataba de divisar la otra orilla. Sus ojos no bastaban. Una garganta de tierra gritando un abismo. Era necesario increparlo también; nada respondía, nadie escuchaba. Pero las rocas ardían.
Los ecos le asustaban, por viejos, por recurrentes (eran ondas, eran olas; por poco no eran un mar de éter). Se preguntó entonces quién permitió tal rotura geológica, geográfica; cómo es que podía suceder eso. Gente dispersa en los diferentes bordes, llamándose, extrañándose. Las montañas no se juntan, sólo las erosiona el viento.
Una garganta de tierra gritando un abismo. Sus lágrimas no bastaban. Era entender, tal como lo entendió, que existen las distancias, que éstas oprimen y asfixian. Fue tratar de sobrevolarlo, y luego encontrar la función de un cañón: estallar.

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