La vida moja, pero todos están secos, y ella - que toma el café como besando la taza - lo sabe. Lo sabe y se horroriza. Lo sabe y lo degusta, y apura el último sorbo con ansia eterna, relamiéndose los labios y las palabras, olvidando un poco la vista, centrándose en eso.
Y eso es la vida que moja, aunque todos crean estar secos, chorreando mugre y anclas, tan brillantes y tan translúcidos, inocentes.
Pero ese frío húmedo cala hondo, hasta la médula misma de tus conceptos, y podes seguir creyéndote seco: estás hundido hasta las rodillas, como se hunde un chocolate en la lengua y se lo saborea hasta agotarlo.
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