
De repente, batiendo la taza de café por el recién agregado azúcar, me pasó algo extraño: sentí, me dio la impresión de que no había café, de que el líquido no existía y yo estaba ilusamente rascando el fondo de una taza, completamente olvidada del mundo y de cualquier propósito noble por el cual uno entra a un bar, ordena algo comestible y se dispone a leer; nada de eso existía porque el café que debía abrir todas esas posibilidades no estaba donde tenía que estar, y yo no guardaba noción de haberlo ingerido, por lo cual era un absurdo. Era el vacío de lo faltante en todo su esplendor metafórico.
Y entonces, como para salvarme de esa caída libre en la inconsciencia, el aroma y un giro pesado de la cuchara me demostraron que mi café con leche estaba intacto y esperándome con su espuma invitadora.
Todo estaba bien y como debía ser: el ser prevalecía por sobre mis sentidos externos y eso me dio consuelo.
(Eso sí, el cómo o el porqué de mi persona tomando un café en un restaurante de corte retro, con juguetes viejos colgando del techo, es una respuesta que está fuera de mi jurisdicción sentimental como para dar. Las tostadas con manteca y dulce están deliciosas).
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