12 de marzo de 2013

Relato de viaje. Uno.


En agosto del 2011 fui a Valencia y a Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud.
Del aeropuerto nos fuimos directamente a Valencia; en cuanto paramos en un estación de servicio en el medio del campo, me bajé del micro y caminé derecho hacia la tierra, recogí un poco con las manos: era color terracota, eso no lo esperaba. Había un par de margaritas silvestres y les saqué una foto con el celular (es mi fondo de pantalla desde entonces).
En Valencia hacía calor pero a las noches refrescaba porque el mar siempre trae viento fresco; específicamente estábamos en Gandía, la mejor playa de la zona y no mienten: nunca conocí agua como esa, oleaje más permisivo o temperatura más justa, y su color azul con tonos de verde no es como el de Miami, es más oscuro y mucho más ameno (para mí), y su arena es bien fina aunque quema igual. Esa fue la primera vez que pisé callecitas diminutas y tan pintorescamente puestas. También fue la primera vez que me embarqué sola a un viaje tan grande, y los primeros días lo sufrí un poco.
En los días siguientes conocí gente de prácticamente todo el mundo, y por "conocí" quiero decir "nos sacamos fotos, nos abrazamos, nos saludamos en distintos idiomas, nos intercambiamos banderas o prendedores o papeles, bailamos, cantamos y comimos juntos".

Madrid es como Buenos Aires, o al revés, pero más limpia, más seca y quizá más imponente. Y tiene parques mejor cuidados. Hay gente que se enamora de París, yo me enamoré de Madrid: me sentía tan cómoda como en la casa de un tío que se fue a vivir lejos pero que quiero mucho. Caminé por las amplias veredas, llené mis ojos de arquitectura e historia, comí donde comen todos y también donde se animan unos pocos, y reí y me dí cuenta de que la libertad es algo y que además también hay mucho más y que es posible todo. Continué conociendo gente maravillosa y generosa en todo sentido (porque el tiempo se presta y se da, como se dan las sonrisas y los sanguches de jamón crudo).
También por primera vez estaba sola, realmente sola, muy lejos de mi familia o mis amigos o mi casa o mi patria, y en ese estado tan singular me animé a hacerme preguntas; caminaba por una ciudad que vivía un momento de fiesta juvenil excepcional y había canciones y voces alegres en tantos idiomas diferentes por todas partes, y sin embargo había un gran silencio (y eso me hizo tanto bien).

Después vi en traje y persona al mismo Papa Benedicto XVI y desde entonces lo quise como un abuelo/maestro. Lo más gracioso es que este señor de ochenta y pico de años nos hizo dormir al aire libre a los casi dos millones de jóvenes que invadimos España y, no contento con sólo reunirnos, nos tiró un par de verdades que llevo grabadas a fuego en mi corazón. Nos cayó una tormenta encima, pero nadie se movió. Esa noche lloré frente a la magnitud y magnificencia de la Vida (y lo pongo con mayúscula porque se debe prestar a la polisemia).
Amanecer en Cuatro Vientos
Dos días después me hundí en el museo de arte contemporáneo y llené mi estómago de rarezas culinarias y mi piel de sol mediterráneo (que me dejó un quemado color oliva-dorado de modelo). Y al siguiente día, volví.
(Vale la pena señalar que los aeropuertos me intimidan un poco cuando voy sola, pero también fue una experiencia muy divertida de la que salí orgullosa de mí misma).
Volví, primera persona del singular, yo. Sí, volví, y era yo, pero también ya no era yo como era yo antes. Me atrevería a decir que, después de dos semanas en el exterior, volví yo más yo. Me parece que esa es, en realidad, la naturaleza de los viajes: porque nos sacan de donde estamos terminan por devolvernos más nosotros mismos.

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