Dos personas caminaban por la misma parcela de tierra (bueno, siendo abarcativos, ¿quién no camina por la misma tierra en estos días, y en todos los días?). Acaso no iban al mismo lugar, pero sus pies andaban paralelos. Como en toda ecuación de novela de las seis, en algún momento esas huellas acabarían cruzándose. O no, una rama, un arbusto, cardos, pozos, infinidades de obstáculos que podrían desviar su curso. Y quizá de una manera totalmente natural estos dos no se vieran aunque caminaran a la par y esquivando juntos una roca especialmente grande. ¿Indiferencia? No, yo más bien pienso que no estaban listos para verse, chocarse, sentirse, identificarse, encontrarse, reconocerse, ser uno o una sola huella o cuatro pies marcando el compás de un sendero largo, curveado, repleto de metafóricas y literales piedritas en el zapato, que se juntan por levantar tierra, por hacer y vivir vida. Sin embargo, nadie nunca dijo que esas almas no se percatan de la presencia de la otra. Por eso el cosquilleo en la nuca indicando que están siendo observados, pero cuando buscan su procedencia no ven nada más que colectivos pasando y peatones cruzando. Por eso el vacío pulsionante en algún punto intermedio entre el estómago y el corazón y pulmón izquierdo que se genera por culpa de una sensación identificable por el momento, al pensar, tal vez, en las manos con otras manos. Y el ruido, el famoso e incesante ruido del metal y del cemento y de gente y de crecimiento, todos alcanzando su altura mayor a cada instante, avanzando, ese mismo ruido que no los deja escucharse, ese mismo ruido que a la vez es silencio en un departamento con vista a un igual, ese mismo soportable y carente ruido que les tapa las bocas que se llaman.
Todo esto no puede terminar de otra forma: bien. Ah... aquí nadie dice que ellos se sonrieron finalmente o no, o si lo hicieron con cortesía porque ella le sirvió a él una taza de café en un bareto de Palermo, o porque él la dejó pasar primero al entrar al banco. Oh no... nadie sabe cómo finaliza la historia, que es vida, que es nuestra vida. Solo dicen por ahí que al llegar a la última página, estas dos personas buenas, quedaron satisfechas.
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