25 de febrero de 2008


La casa más vieja de la cuidad, servía de vivienda a lo tienda de antigüedades para una señora de edad avanzada. A ella le gustaba, claro, estar rodeada de preciosuras con valor incalculable y de fechas vencidas. Pero tal vez deseaba un día volverse al campo, y correr con su vestido a flores y volados blancos, ese que tanto quería, para visitar al almacenero y pedirle un litro de leche (que antes te lo vendían en tambos) y salir medio caminando, medio trotando, mientras el perro de Don Santiago le ladraba los cuentos de vida de perro. Y quizá que la visitara, muy de casualidad, su tía de la cuidad, y le trajera esa muñeca carísima con pelo de verdad (que ahora no existen) y pollera de terciopelo. O que se asustara porque la vaca de Doña María la miraba fijo con cara inexpresiva y empezara a andar lento hacia ella. O que Felipe la pasara a buscar a la hora de la siesta para explorar el terreno al que le crecían cardos y margaritas silvestres, treparse a un árbol y que él le regalara, atrevido, un piropo de esos que ya no te dicen.
Entonces parpadeó, lavó su taza de té, comió el último pedazo de factura, y recordó que olvidó tender la ropa preguntándose "¿de Felipe qué será?".

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