14 de marzo de 2008

Pasillo.

Su casa, subiendo las escaleras a la derecha. Si no tocabas la puerta, no te dejaba pasar, menos si andaba recordando (algo que ellos nunca supieron). Quizá la tarde no le bastara para recorrer todo ese pasillo de luces interminables, ¿y qué tal si las memorias vinieran solas?, en todo caso, podía aún correr (y correrlas).

A veces le dolía todavía acordarse, y en maneras que no se percibían sino hasta que ya estabas demasiado cerca, porque fulguraban en rojo y caían en gris. Cuando las fotos se volvían sepia porque el tiempo es tirano, o cuando se oía un grito en la lejanía de un horizonte ajeno, ahí, y solamente ahí, podía ver esas caras de confusión congeladas en un arco que no debía haberse iniciado. Luego era sencillo recoger los retazos de antaño y, cual rompecabezas, armar y levantar los murales de un pasado.

La pregunta se le escapaba en el aire, se le iba con cada cambio de brisa, se respondía sola y aún así no era suficiente, no alcanzaba, no cerraba. Esa famosa e insoportable duda, esa capaz de desgranar hasta el último gramo de conciencia en toda persona con moral, esa que a veces carcome y a veces replantea, y que sin embargo sirve para resolver cuando las cuestiones son ya insostenibles (si es que tienen solución coherente, los corazones de los hombres son difíciles de satisfacer).

No quiso traducir su humor en acordes, prefería yacer con ojos cerrados para captar mejor el centro del asunto, pues inmediatamente después tenía planeado olvidarlo. Ya no le importaba si lograba entenderlo, acaso fuera mejor dejar ir de una vez.

Entonces sacó esa lágrima concluyente desde sus adentros y se dedicó a esperar, en veinte minutos iban a llamarlo para cenar.

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