Lo llamé, clamé a gritos su nombre, pero nadie fue capaz de traérmelo.
Hasta que cansado de mi insistencia bajó por la escalera proveniente del aire. Allí se lo veía como era en realidad, sin la leyenda, sin el mito, sin el poder: un hombre casi anciano, cansado, tal vez incluso un poco abatido.
Me encontré de cara al Tiempo. Todo se congeló alrededor, como si temiera que alguien más presenciara nuestra reunión.
Le pedí horas, se negó.
Le pedí minutos, me contestó que ya me los estaba dando con nuestra audiencia.
Le pedí segundos, y me dijo que yo los empleaba mal, que tenía todo de él pero lo malgastaba. El Tiempo se me opuso a seguir acompañándome, sin tiempo quedé muerto. Y él sólo subió otra vez.
Yo grité de nuevo y él se compadeció.
Descendió por la zigzagueante escalinata hasta el cuarto nivel de nubes, se estiró desde los escalones para alcanzar mi frágil mano, y me tendió una bolsita de cuero. Me dijo que la abriera y sacara su contenido cuando algo que quiera realizar no disponga de su asistencia (recuerdo que una vez la abrí, era un reloj que tenía grabadas las palabras “si ésta hora termina, espera a la siguiente; si ésta hora empieza, no esperes más”), me guiñó un ojo confidencialmente y avanzó despacio hacia la puerta, esa puerta hecha de gotas de lluvia, la que toda la gente quisiera atravesar.
22 de Junio de 2005, Taller de Escritura, Aula.
2 comentarios:
el tiempo, el tigre que nos devora, y que somos nosotros, diría uno
a nosotros nos falta cruzarnos en un escenario..digo.. jajajaja
ojiverde amiga, anotada su coordenada claveluz
en mi bolsillo de dedicatorias
besos para ud ! :)
Publicar un comentario