
"(...) Clara se encontraba paseando por las calles, mirando las casas pasar a su lado. Vio las tenues luces escapándose de las ventanas y levantó los ojos hacia el oscuro cielo despejado. Cada tanto lee las inscripciones de las paredes, en la cuales se guardan contratos de amor eterno o quejas e insultos contra la sociedad.
Empezó a acelerar, no porque estuviera llegando tarde a algún lado, sino por el simple hecho de chocar con el viento; dobló aquí y allá, se metió por una calle arbolada.
Avanzó ahora más despacio, ya no se vislumbraba el cielo porque las copas de los árboles formaban una membrana impenetrable, un techo verde. Extrañamente había luz, como cuando los rayos del sol se cuelan por las ramas, y Clara hasta podía jurar que había escuchado el cantar de un pájaro; sin embargo creyó que se estaba quedando dormida, era medianoche, y en cualquier momento cruzaría al otro lado del pasaje.
Eso no sucedió nunca. Clara se topó con el murmullo inconfundible de un arroyo y se detuvo.
Ya no andaba con su auto rondando la ciudad vacía, ahora estaba en el bosque. (...)"
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