
Con el paso de algunas infructíferas horas, uno logra sentarse frente al teclado y reconocer ciertas realidades ineludibles. Miramos por esa ventana mental, nos asomamos al precipicio llamado “pasado” y nos damos cuenta de que aquella niña rubia no va a volver jamás. Todas las tardes de chocolatada con tostadas se fueron junto con los recuerdos de una sonrisa mirada desde tercer plano, y ahora forman parte de un conjunto de visiones difusas.
Nos cuesta aprender a despojar, reciclar y tirar.
La melancolía nos agarra un mediodía cualquiera, sin ganas de levantarse, trabajar y enfrentar al mundo con un paraguas como defensa (porque siempre además llueve), entonces analizamos la situación con ojos críticos y mordaces: sabemos perfectamente qué es lo que deberíamos estar haciendo y cómo podríamos convertirlo en algo mucho más simple, y sencillamente nos dejamos abatatar con intachable conciencia.
Uno no lo hace porque sea bueno, útil, o productivo; uno se arrastra hacia esos lapsos incoherentes cuando entiende, muy en lo profundo de su ser, que se avecinan tiempos difíciles, incomparables con cualquier otra vivencia pasada, y necesita ir recargando fuerzas. Es que adelantarse estúpidamente nos mata.
“Oportuncrisis”, así decía un programa televisivo popular, en el cual se demostraba que una palabra (“oportunidad”) significaba otra cosa totalmente distinta en idioma extranjero (“crisis”). Es la mejor forma de etiquetar esos momentos: pueden ser crisis agudas, complicadas y con un estancamiento proclive al alto general, como pueden ser también oportunidades increíbles para crecer y aprender cosas nuevas, de las cuales uno rara vez se imagina capaz.
Por eso no hay que tenerle miedo al día sabático, es sólo una expresión locamente imprescindible e inexcusable.
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