
Las despedidas suelen ser situaciones complicadas: algunas veces no las vemos venir y nos arrollan como un tren de carga, y en otras se vuelven un ritual interminable del cual uno no quiere salir (¿quién se atreve a dar una última mirada y correr la cara después?).
Dejar un lugar atrás acostumbra conmovernos en lo profundo y remueve en nosotros aquello que nos hizo quererlo desde un principio, y ojo que hablo de esos pedazos de tierra que nos embarraron hasta el alma; tal vez porque nos tocó mudarnos abruptamente, o fue una decisión planeada por años... simplemente la vida siguió su curso río abajo y nos arrastró con ella, obligándonos a abrazar a los queridos que vamos a extrañar y a sacar las fotos antes de que todo se deteriore, antes de que olvidemos los detalles insignificantes que hacían a nuestro día brillar un poco más.
La razón que hace a las despedidas tan jodídamente complejas es caer en la cuenta de que los buenos momentos no se repiten, que debimos haber escuchado más y quejarnos menos, que podríamos habernos estirado un poco aquella tarde y arriesgarnos para que suceda antes (porque luego comprendimos que el tiempo concedido no era cronológicamente espectacular y que aquello podría haber existido desde siempre si lo hubiéramos querido en serio), y que lo que nos queda es una caja (o muchas) llena de papeles, fotografías, flores, envolturas de golosinas, una púa de guitarra, un casete, un cuaderno y una lapicera que ya no escribe pero que compartiste con alguien especial.
Luego el corazón aprende a repararse (como otras tantas ocasiones anteriores), los libros se acomodan en estantes limpios, se compran zapatos nuevos (de esos para caminar por lo que quede de eternidad en el otoño), se vuelve a reír y cuando nos damos cuenta... la vida comenzó otra vez..
1 comentario:
Te amo, con todo lo que eso implica (incluyendo todas las clausulas y las letras chiquitas)
Y quiero estar a tu lado pase lo que pase.
Cuidate amor y te voy a extrañar
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