La inspiración tiene nombre (el que quieras). No es tirana ni opaca. No es triste o cantinera.
Es diáfana, es hermana, es un torrente de palabras que no cambian con la tinta que emana del alma, es pasajera servicial, es frase especial, no fagocita sentimientos ni mutila caras.
A veces sirve inútil a garabatos, pero siempre descansa la mano (o la cabeza).
Procesa ideas, es curiosa, se mete entre los hilos de los días y extrae fragmentos, recuerdos, vivencias. Es musicalidad compuesta, sonrisa de chocolate.
Pero también es lo que nos traba al intentar hacer otra cosa, porque es imponente, reclamadora, urgente, y si no conversas con ella en el momento, se derraman los versos, las líneas, perdiéndose, esparciéndose por el suelo, mezclándose con el polvo.
La inspiración tiene nombre,
¿o es la vida?
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