El tiempo, ese concepto que rara vez terminamos de aprehender. Y no hablo de horas, o minutos, o meses; esas son cuantificaciones hechas por nuestra cabeza y su afán de ordenar el cosmos a gusto y piacere. Hablo de la verdad ineludible de que todo pasa. Todo. Pasa. Y cuando tiene que pasar, además.
El tiempo no te apura, no te exige, no te pide nada. El tiempo simplemente hace lo que debe hacer: pasar. Si nosotros le atribuimos ese carácter de jefe malhumorado, es porque sostenemos la vana ilusión de que podemos, nosotros y nuestra frágil condición biológica, ser inmortales. Qué forma más equivocada de tomarse la vida (como si fuera un vaso de vino barato, ja), qué inútil es tratar de llevarle la contra, y qué patético: no hay nada más desubicado que querer ser ontológicamente lo que no se es.
No se trata de esperar, no se trata de adelantarse, y tampoco se trata de querer permanecer. Sólo se trata de vivir (eeeesa es la histooooriaaa, con la sonrrrrisaaa en el ojal... sí, eso, y a lo mejor resulta bien).
Y el Arte también es la vida, es exactamente lo mismo que la vida y sus afanes, pero a otro ritmo. Por eso siempre contemplar una obra de Arte nos deja gusto a eternidad en los ojos.
En general, no comprendemos las cosas que van a un ritmo diferente del nuestro. Nos asustan o les restamos importancia porque no sabemos verlas, tan metidos hasta la nariz de nuestros relojes. Pero hace bien abrirse a esa trascendencia de lo nuestro, es sano y también es humano.
Como hoy en el colectivo, que me la pasé sonriendo y leyendo y mirando arquitectura por la ventana, y la gente me miraba y no entendía. ¡No entendían! Pobres ingenuos de las cosas pequeñas, se pierden la oportunidad de sacarse cinco kilos metafísicos de encima simplemente por no atreverse a reírse abiertamente en un transporte público que los contendrá por veinte minutos, qué vergüenza les debe dar.
Hoy estoy de un excelente buen humor :)
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