Mañanas como esta hacen valer la pena todas las imperfecciones.
Es en esa luz nueva, anticipada a través de las horas, en la que uno puede sentirse limpio, fresco, agradecido y a gusto -después de todo, nadie tiene asegurado un futuro, excepto en la verdad de que los segundos pasan.
El aire es frío y cuando se levanta en brisa parece una bandada de hielo rozando los dedos, enredándose en las manos y en los cabellos y en los pliegues de buzo cómodo; tal vez un escalofrío se dispare solo, tal vez no y, en todo caso, la falta de calor nunca es un problema. La piel reacciona, la cabeza duele, los ojos arden, algunos músculos se contracturan y el estómago gruñe, todos quejándose a la vez... en fin, un cuerpo vivo.
Pero la mente arde. En común acuerdo que quizá no acaricie los mejores pensamientos, o los más complejos, sin embargo hierve de lucidez: consciente de que está tratando temas elevados, muy por encima del contexto particular, y a la vez terriblemente alerta de dicho contexto.
En tal estado uno puede o no darse cuenta -aunque siempre es más hermoso darse cuenta- de que los pájaros han salido al escenario con una bonita sinfonía a pregonar, y que un poco más abajo los vehículos y los edificios arremeten con su varieté ecléctica.
Probablemente no importe mucho el detalle, pero el cielo es hoy gris, húmedamente gris, herméticamente gris, homogéneamente gris -y todas esas palabras con hache no valen nada, porque son todas mudas y no registran ningún aspecto relevante; hay algo de fascinante en el cielo, y es que no puede encapsularse simplemente en un sólo color. Fue una noche lluviosa y a veces todavía el cielo manda rocíos, y por eso cualquier cosa verde vibra en contraste y huele a tierra aunque sea puro cemento y no exista realmente un palmo de tierra digno en veinte kilómetros a la redonda.
Mañanas como esta no se producen porque sí. Es necesaria una determinación gélida y algunos aires de pedantería para rehusar dormir y sentarse, literalmente, a esperar la mañana. En cuanto a los motivos, jamás llegan a ser suficientemente claros. Una cosa es segura, la belleza que sobreviene con el amanecer es absolutamente inefable. Precisamente, el silencio es la respuesta fundamental: aceptar, contemplar, respirar, porque ese aire huele tan bien y parece que uno lo absorbe todo, volviendo a considerar la realidad infinita y el amor que le ha regalado tanta claridad, y que también lo lleva a uno por una serie de diapositivas de la memoria, y uno se siente tan expansivo, tan completo, tan bello, tan uno, y a la vez tan pesado. La mente toma placer en esa clase de percepciones, el entender que es una cuestión más bien sensorial si el espíritu no está en paz (cuando claramente no lo está, porque las personas en paz duermen perfectamente).
No obstante, es ese conjunto de defectos el que hace que a uno le urja llegar a mañana -para intentar redimirse, ahora sin duda-, y pueda sorprenderse con semejante obra de arte. Asombro, desperezo intelectual, desayuno del espíritu.
Y es exclusivamente por eso que mañanas como esta hacen valer la pena todas las imperfecciones, porque no somos perfectos; y, definitivamente, dejar de amar -si bien posible- está fuera de discusión.
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