Materia: Teología
Año 2009, trabajo práctico de lectura y análisis.
El pórtico del misterio de la segunda virtud
El objetivo del presente trabajo era encontrar rasgos de la Revelación de Dios en la literatura contemporánea, para poder apreciar el alcance de ésta y su influencia actual; elegí entonces la obra El pórtico del misterio de la segunda virtud de Charles Péguy, cuyo tema central es la Esperanza.
Pasaré a continuación a hablar un poco sobre el autor y luego expondré el desarrollo central del tópico mencionado.
Gran escritor y filósofo de la modernidad, nació el 7 de enero de 1873 en Orleans (Loiret), Francia, en el seno de una familia campesina modesta.
En 1894 se trasladó a París para ampliar sus estudios, y allí recibió las enseñanzas de Romain Rolland y Henri Bergson, que le marcaron profundamente. En esta época se asentaron también sus convicciones socialistas.
Fundó la librearía Bellais, cerca de La Sorbona, pero cuando casi quebró en 1900 se la dejó a sus socios. A continuación fundó Les Cahiers de la quinzaine, revista destinada a publicar sus propias obras y a dar a conocer a nuevos escritores.
En 1907 se convirtió al catolicismo, por lo que a partir de entonces combinó obras donde se reflejaban sus apasionadas convicciones políticas con otras de carácter místico y lírico; por ejemplo, Nuestra juventud (1910), El misterio de la caridad de Juana de Arco (1910), El misterio de los Santos Inocentes (1912), Notre-Dame (1913) y Eva (1913).
Fue movilizado como teniente durante la Primera Guerra Mundial y murió en combate al comienzo de la batalla de Marne, el 5 de septiembre de 1914, en Villeroy (Seine et Marne).
En sus obras podemos encontrar el llamado a religarse con algo superior, perseverar, abandonarse en ello y defenderlo con la vida. La búsqueda de la Verdad es crucial para el hombre y Péguy lo expresa bellamente, con un estilo lírico avanzado para su época. Asimismo, exhortaba a la vida sencilla y campestre como vía para alcanzar esa sabiduría de vida – clara influencia de sus orígenes humildes.
Además, el poeta cumple con una función revitalizadora de la historia francesa. Él creía en Francia, en su papel de celadora y distribuidora del mensaje católico: “Francia, la cristiandad, deben continuar”, enuncia en El pórtico… es decir, hay que seguir avanzando con esperanza, porque la historia de salvación debe continuar.
La obra
El pórtico del misterio de la segunda virtud fue escrito en 1912, y es un extenso poema narrativo que trata de explicar qué es la Esperanza y cómo ésta se vive; para ello, utiliza varias imágenes metafóricas – que describiré más adelante – cuyo eje temático central se encuentra en la ilustración de la Parábola del Hijo Pródigo.
Creo que Péguy no podría haber encontrado mejor título para su escrito:
1. La segunda virtud es, claramente, la virtud teologal de la Esperanza.
2. Misterio, porque lo es efectivamente.
3. El pórtico, como punto de partida, como introducción.
Reformulando, sería “introducción al misterio de la Esperanza”. Contrariamente a lo que podría pensarse negativamente, de que es imposible de abarcar, proporciona una sensación muchísimo más optimista: la Esperanza es infinita, magnífica, inagotable.
¿Qué es la Esperanza?
El Catecismo de la Iglesia Católica dice al respecto:
1817 - La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.
Al comienzo de la encíclica Spe Salvi (2007), Benedicto XVI nos la describe de la siguiente manera:
Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.
La esperanza es una virtud teológica infusa, recibida en el bautismo junto con la gracia santificante. Tiene como objeto primario la posesión de Dios. Por la esperanza deseamos la vida eterna, es decir la visión de Dios en el cielo. Es por lo tanto operante en la voluntad. La esperanza nos da confianza de recibir la gracia necesaria para llegar al cielo. El fundamento de la esperanza está en la omnipotencia de Dios, Su bondad y Su fidelidad a Sus promesas. Por lo tanto, esta virtud es necesaria para la salvación.
La esperanza es el deseo confiado de obtener un bien futuro que es difícil de obtener. Reconoce la dificultad pero no pierde la confianza de que lo deseado se va a conseguir. Consecuentemente, implica búsqueda y esfuerzo para vencer cualquier obstáculo. Diferente al temor, la esperanza no retrocede ante los sufrimientos, y es lo opuesto a la desesperanza (= desesperación, angustia).
La esperanza en El pórtico del misterio de la segunda virtud
El autor empieza esta hermosa obra con la voz de una madre – Madame Gervaise – que le habla a su hija. Ni bien comienza, introduce la voz de Dios, quien pronuncia su asombro frente a la esperanza, comparándola con las otras dos virtudes teologales, definiéndola:
La fe va por sí misma. La fe marcha sola. Para creer no hay sino que dejarse ir, no hay sino que mirar. Para no creer habría que violentarse, torturarse, atormentarse, contrariarse. Oponerse. (…) La fe es muy natural, muy simple. (…) Va y viene obviamente. (…)
Para no creer, hija mía, tendrían que taparse los ojos y los oídos. Para no ver, para no creer.
La caridad marcha desgraciadamente sola. La caridad camina por sí misma. Para amar a su prójimo no hay sino que dejarse ir, no hay sino que mirar tanta miseria. Para no amar a su prójimo habría que violentarse, torturarse, atormentarse, contrariarse. Oponerse. (…) La caridad es natural, simple, brota, viene obviamente. Es el primer movimiento del corazón (…) el bueno.
(…) Para no amar a su prójimo, hija mía, tendrían que taparse los ojos y los oídos. A tantos gritos de angustia.
Pero la esperanza no marcha sola. La esperanza no camina por sí misma. Para esperar, hija mía, hace falta ser feliz de verdad, hace falta haber obtenido, recibido una gran gracia.
(…) La Esperanza ve lo que todavía no es y que será.
Ama lo que no es todavía y que será.
En el futuro del tiempo y de la eternidad.
Y aquí también Péguy introduce algo muy importante: estas virtudes no están separadas de nuestra vida, de nuestro tiempo, nuestro contexto, sino que están profundamente ligadas a ellos. Vienen de lo Alto, pero “viven” con todo lo que somos. Es cuando vemos lo que nos rodea que nos surge ese increíble anhelo de ser caritativos con el que sufre, y a la vez, en la contemplación de la Creación, imposible sería no tener aunque sea un poco de fe.
No obstante, podemos negarnos a estas virtudes al encerrarnos en nuestro egoísmo. El autor lo dice bien, habría que torturarse – a uno mismo, porque nos vienen naturalmente al centro del alma estas virtudes – para dejar de creer y dejar de amar.
Resulta útil recordar que esta obra fue escrita en un clima de pre-guerra, dado que nos ayuda a entenderla desde una perspectiva que estaba dirigida al sentimiento generalizado de angustia en el que se vivía. Es una catequesis de la esperanza, muy actual y reconfortante.
· La esperanza como esa niñita de nada
Mis tres virtudes, dice Dios.
Señor de las Tres Virtudes.
Mis tres virtudes no son sino hombres y mujeres en una casa de hombres.
Nunca los niños trabajan.
Pero todos trabajan sólo por los niños.
El niño no va a los campos, ni ara ni siembra, ni cosecha ni vendimia ni poda la viña ni derriba los árboles ni sierra la madera. (…)
Pero ¿iba a tener el padre valor de trabajar si no tuviera sus hijos?
¿Si no fuera por sus hijos?
Tenemos aquí una comparación metafórica muy bonita. Las tres virtudes son una familia, se manifiestan en una familia normal, donde los niños no hacen nada particularmente trabajoso ni económicamente productivo, pero le dan esperanza al futuro, y por ese fin todos trabajan incesantemente. Por esta pequeña esperanza, por esta niña esperanza, infantil, inocente, fresca, pura, por esta – siempre – recién nacida esperanza los padres trabajan, el mundo trabaja, incluso Dios Padre trabaja.
Esa niñita de nada.
(…) La pequeña esperanza avanza entre sus dos hermanas mayores y no se la toma en cuenta.
Por el camino de la salvación, por el camino carnal, por el camino escabroso de la salvación, por la senda interminable, por la senda entre sus dos hermanas la pequeña esperanza.
Avanza.
Entre sus dos hermanas mayores.
La que está casada. (La Fe)
Y la que es madre. (La Caridad)
Y (…) aparenta dejarse arrastrar.
Como una niña que no tuviera fuerza para avanzar.
(…) Y en realidad es ella la que hace andar a las otras dos.
Es una niñita de nada porque es pequeña, es humilde. Pero es, quizá, la más grande de todas las virtudes, y la más agradable a Dios. Los niños son como Jesús, con esa inocencia y mansedumbre de entregarse a lo que el Padre le mande, con esa facilidad natural para dormir y abandonarse en la seguridad del Padre. Muchas veces se olvida que gracias a ella la Iglesia sigue adelante.
Los días van en procesión y nosotros vamos en procesión con los días. Lo que importa
es ir. Ir siempre. Lo que cuenta. Y cómo se va.
Es el camino que se hace. Es el trayecto mismo. Y cómo se hace.
Hacéis veinte veces el mismo camino terrestre.
Para acabar veinte veces
Y veinte veces acabáis, llegáis, alcanzáis
Trabajosa, laboriosa, difícilmente,
Penosamente
El mismo punto de decepción
Terrestre.
Y decís: Esta pequeña Esperanza me ha engañado otra vez.
Hubiera debido desconfiar. Es la vigésima vez que me engaña.
La sabiduría (terrestre) no es su fuerte.
Ya no le creeré nunca más. (Todavía le creeréis, le creeréis siempre).
Por ser niña joven, la esperanza no escatima fuerzas, entonces nos arrastra por los caminos, por la vida, y nos lleva a situaciones en las que quizá no salgamos victoriosos. Pero precisamente, ese no es el punto central, sino recorrer el proceso necesario; siempre nos vamos a enriquecer de ello. No importa que fallemos mil veces, sino que sigamos teniendo esperanza en la meta, que retomemos el camino.
Esto último es muy importante en nuestros días, nos la pasamos mirando imágenes desalentadoras sobre el futuro (sobreabundan predicciones pesimistas) cuando en realidad se trata de vivir en el presente haciendo aquello que debemos hacer, amando, y confiando en el plan de Dios.
· La Virgen María como máximo referente de Esperanza
En la narración hay un personaje, un padre de tres hijos, que tiene un monólogo interno mientras va a cortar leña para calentar su hogar. Una de las cosas que cuenta, es cuando sus hijos se enfermaron gravemente; asustado y enojado, recurre a la Virgen como Madre y le entrega expresamente la vida de sus hijos para siempre. Péguy resalta la valentía y aplomo que este hombre tuvo al dirigirse a María, y es que Ella es la más cercana a Dios y al misterio de la Santísima Trinidad.
Y la que los había recibido era
Tan conmovedora y tan bella. (Mientras se iba él con el corazón aliviado).
Y la que los había recibido era
Tan conmovedora y tan pura.
No sólo en fe y en caridad.
Sino aun en esperanza.
Pura y joven como la esperanza. (Mientras se iba él con los brazos caídos)
Y la que los había recibido estaba
En su juventud tierna. (Mientras se iba él con las dos manos vacías).
(…) En su eterna juventud.
El papa Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi dice al respecto:
(…) ¿Quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?
Hay que llegar hasta el fin: Que Dios no carezca de su creación. Es decir depende de nosotros que la esperanza no mienta en el mundo.
(…) Terrible amor, terrible caridad.
Terrible esperanza, responsabilidad verdaderamente terrible,
El Creador necesita de su criatura, se ha puesto a tener necesidad de su criatura.
Nada puede hacer sin ella.
(…) Así la joven esperanza
Retoma, remonta, rehace,
Levanta todos los misterios
Como levanta todas las virtudes.
(y nosotros) Podemos fallarle.
Péguy en estos pasajes nos relata ya el tema trascendental del libro: hay veces en las que Dios nos ama desde la Esperanza. Los hombres podemos fallarle, pecar, desviarnos de nuestro camino, mantenernos indiferentes frente a su amor; Dios entonces siente temor de la criatura, de que no se ponga a pensar ni siquiera un poco en su salvación, y es allí donde nace la Esperanza (con mayúscula bien merecida) en el corazón mismo del Padre. Él espera por nosotros, espera de nosotros que nos salvemos – y nos esperó primero, antes que nosotros a Él. Magna responsabilidad, somos libres de elegir, y Dios no sería Dios Todopoderoso si nos hubiera creado sin libertad.
Sin embargo, decidió darnos aún más: entregó a su propio Hijo.
Jesús vino a dejarnos mensajes claros, no adivinanzas tras las sombras. Entre ellos, entre todos esos hermosos y vivificadores mensajes, destacan las tres parábolas de la esperanza – las parábolas sobre el reino de los cielos: la de la Oveja Perdida (Lc 15, 3-7), la de la Dracma Perdida (Lc 15, 8-10), y la del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32), para que entendiéramos (o al menos pudiéramos acercarnos) el gigantesco alcance de la pequeña Esperanza.
· La parábola del Hijo Pródigo
Esta parábola es muy especial porque nos demuestra cuán grande es el Amor de Dios como Padre, pero además la Esperanza que tiene en nosotros y la Alegría que le provoca que volvamos con Él (como decía San Francisco, que el Amor sea amado). Asimismo expresa a la perfección la libertad que nos deja, y el vacío que se produce en nuestra alma si la utilizamos mal.
Péguy nos la transmite así:
Un hombre tenía dos hijos. De todas las palabras de Dios
Ésta ha despertado el eco más profundo.
El más antiguo.
El más viejo, el más nuevo.
El más reciente.
Fiel, infiel.
Conocido, desconocido.
Un punto de eco único.
La única que el pecador no ha hecho nunca callar en su corazón.
Cuando esta palabra ha mordido una vez en el corazón
El corazón infiel y el corazón fiel,
Ningún placer borrará ya
La huella de sus dientes.
Así es esta palabra. Una palabra que acompaña.
Que sigue como un perro.
Se la golpea, pero sigue.
(…) Así acompaña al hombre en sus más grandes
Desbordamientos.
Ella enseña que no está todo perdido.
Es la voluntad de Dios
Que ninguno de estos pequeños perezca.
(…) Permanece un punto doloroso, un punto de pensamiento, un punto de inquietud. Un brote de esperanza.
Nunca se extinguirá un resplandor y es
La Parábola tercera,
La tercera palabra de esperanza. Un hombre tenía dos hijos.
Esta es la parábola de la esperanza por excelencia. No podemos ignorarla, acaricia un punto del alma que sólo Dios toca: esa Esperanza primera, ese impulso de vida. Jamás va a dejarnos, no puede dejarnos, no quiere la pequeña joven esperanza dejarnos, está en su esencia.
Jesús nos la manifestó por amor a todos nosotros, en ella se condensa la Revelación, incluso la resurrección: “mi hijo estaba muerto, y ha vuelto a la vida”. Es en esto donde se deja ver el pórtico del misterio de la segunda virtud, en esa espera del Padre para con el Hijo, porque hubo en la historia tres días en los que la Esperanza de Dios fue más poderosa que nunca, y esa espera culminó en la Vida victoriosa.
Conclusión
Esta preciosa obra nos muestra el carácter activo de la esperanza, su proceder extraordinario y la doble repercusión: tanto de Dios para con nosotros, como de nosotros hacia Él.
Nos deja algunas claves para afrontar el día a día con optimismo, y nos hace tomar consciencia de la importancia que tiene el hecho de creer en que existe algo que nos ama a pesar de todo y a través de los tiempos.
En lo personal, me gustó mucho trabajar con este texto – Charles Péguy se convirtió en uno de mis autores favoritos, no sólo por sus mensajes, sino también por su estilo literario tan particular –, me dejó (o más bien, me recordó) unas cuantas enseñanzas, y me enriqueció espiritualmente. Además sorprende con qué facilidad esta obra puede ser tomada en una clave totalmente actual, como si la hubiera escrito ayer mismo.
Sería fundamental que la sociedad recobrara una esperanza fuerte y cimentada en el Amor del Padre, para así enfocarse en los aspectos que realmente importan del ser humano como un todo, y dejar de poner el acento en el materialismo consumista que tantos estragos hace últimamente.
Para finalizar, transcribo este bello y concluyente fragmento:
Pobres muchachos siguen la sabiduría humana.
La sabiduría humana dice: No dejéis para mañana
Lo que podéis hacer hoy.
Y yo os digo El que sabe dejar para mañana
Es el más agradable a Dios.
El que duerme como un niño
Es también el que duerme como mi querida Esperanza.
Y yo os digo Dejad para mañana
Esos cuidados y esas penas que hoy os roen
Y hoy podrían devoraros.
Dejad para mañana esos sollozos que os ahogan
Cuando veis la desgracia de hoy.
Esos sollozos que os suben y que os estrangulan.
Dejad para mañana esas lágrimas que os llenan los ojos y la cabeza.
Que os inundan. Que os caen. Esas lágrimas que os corroen.
Porque de aquí a mañana, yo, Dios, habré quizá pasado.
Bibliografía:
1- Los tres misterios, Charles Péguy; páginas 224 a 358 correspondientes a El pórtico del misterio de la segunda virtud. Editorial Encuentro. Madrid, 2008.
2- Bíblia Católica para Jóvenes. Editorial Verbo Divino e Instituto Fe y Vida, 2005.
3- Encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI. 2007.
4- Catecismo de la Iglesia Católica.
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