Es realmente conmovedor darse cuenta del instante preciso en el que se abren dos caminos opuestos. Hablo de ese momento vital en el que coexisten oportunidades idénticamente relevantes y bellas, cuyo destino es tan diametralmente diferente que sólo se puede elegir una. Mueve toda la construcción mental de la situación, como aquellos terremotos terribles que me cuentan que pasan en el Oriente de todo... pero no, no hay necesidad de irse tan lejos para experimentarlos: aquí están, esperando pacientes a que nos golpeen todas las mareas.
Lo curioso es que uno ya sabe a dónde va a ir, el corazón siempre tiende hacia algo definido desde el momento en que empieza su primer diástole (bueno, eso si somos sinceros con nosotros mismos, porque siempre podemos decidir líbremente cualquier otro camino). Y eso da un vértigo impresionante.
Me sorprende que tengamos tantas opciones, es muy fácil (y muy infantil) pensar que estamos condenados a lo mismo hasta la muerte. No, me niego a creer en algo tan coaccionante: me he dedicado con mi vida a defender la libertad interior.
Pero volviendo al tema, un día como hoy experimenté esa sensación, ese caer de ficha que te susurra en el alma "mira, presta atención, estás por definir algo importante", aunque uno no lo termine de entender enseguida y no todas las cartas se pongan sobre la mesa. Se intuye que, una vez dado el paso, no se podrá volver atrás ileso. Ese segundo de deliberación y acto en consecuencia hace absolutamente toda la diferencia. El resultado tiene proporciones descomunales. Y sucede que a veces uno ni se entera, porque vive muy naturalmente los hechos de su vida. Uno que es tan joven...
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