8 de septiembre de 2012

El duelo es algo terrible.


De niños nos vamos acostumbrando a esa sensación espectacular de perder algo: olvidamos dónde dejamos nuestros juguetes, o nuestros padres los regalan o los tiran, o rompemos un vaso. Y luego rompemos muchos vasos.

A medida que van pasando los años, vamos perdiendo cosas más importantes, más irremplazables, como libros, u oportunidades, o abuelos, y también amigos. Vamos viviendo cada día con el miedo creciente de perder de vista aquello que nos oxigena el corazón.

Hay una edad genial en la que no consideramos posible el hecho de morir, somos jóvenes y vamos a vivir por siempre, en un eterno frenesí de estímulos y descubrimientos. Los diarios y el noticiero del mediodía nos contradicen y confrontan con titulares como “La curiosidad mató al gato”, y en realidad el gato era la señora Fernández, y la curiosidad era un marido con ataques psicóticos. No nos importa, no nos pasa a nosotros, es cosa de otro.

Algún día perdemos la salud y convalecemos en cama con cuarenta de fiebre y una tos que no nos deja comer (aunque no estuviéramos comiendo de todas formas). Y vomitamos al piso, con suerte, y todo da vueltas y vueltas y vueltas y luego se detiene y nada. Estás vivo, era uno de esos virus resistentes que atacan en masa cada cambio de estación.

Perdemos llaves. Perdemos las llaves de casa y las llaves del hogar, perdemos las llaves del cuarto y perdemos las llaves de la intimidad, perdemos las llaves del patio y perdemos las llaves para salir a jugar. Las encontramos, o las mandamos a hacer nuevas.

Pero el duelo es algo terrible. A veces es un alivio perder algo tan grande, porque significa que ya no debemos hacernos cargo de él, aunque mientras dura el duelo lo que se pierde es el mundo. Siempre lo que se pierde, cuando se pierde algo, es el mundo. Se pierden ojos y se pierden corazones y también manos. Se pierden vínculos y se pierden recuerdos y se pierden abrazos. Eso es el mundo.

Y luego se reconstruye.

No hay comentarios.:

¿Más?