De niños nos vamos acostumbrando a esa sensación
espectacular de perder algo: olvidamos dónde dejamos nuestros juguetes, o
nuestros padres los regalan o los tiran, o rompemos un vaso. Y luego rompemos
muchos vasos.
A medida que van pasando los años, vamos perdiendo cosas más
importantes, más irremplazables, como libros, u oportunidades, o abuelos, y
también amigos. Vamos viviendo cada día con el miedo creciente de perder de
vista aquello que nos oxigena el corazón.
Hay una edad genial en la que no consideramos posible el
hecho de morir, somos jóvenes y vamos a vivir por siempre, en un eterno frenesí
de estímulos y descubrimientos. Los diarios y el noticiero del mediodía nos
contradicen y confrontan con titulares como “La curiosidad mató al gato”, y en
realidad el gato era la señora Fernández, y la curiosidad era un marido con
ataques psicóticos. No nos importa, no nos pasa a nosotros, es cosa de otro.
Algún día perdemos la salud y convalecemos en cama con
cuarenta de fiebre y una tos que no nos deja comer (aunque no estuviéramos
comiendo de todas formas). Y vomitamos al piso, con suerte, y todo da vueltas y
vueltas y vueltas y luego se detiene y nada. Estás vivo, era uno de esos virus
resistentes que atacan en masa cada cambio de estación.
Perdemos llaves. Perdemos las llaves de casa y las llaves
del hogar, perdemos las llaves del cuarto y perdemos las llaves de la
intimidad, perdemos las llaves del patio y perdemos las llaves para salir a
jugar. Las encontramos, o las mandamos a hacer nuevas.
Pero el duelo es algo terrible. A veces es un alivio perder
algo tan grande, porque significa que ya no debemos hacernos cargo de él,
aunque mientras dura el duelo lo que se pierde es el mundo. Siempre lo que se
pierde, cuando se pierde algo, es el mundo. Se pierden ojos y se pierden
corazones y también manos. Se pierden vínculos y se pierden recuerdos y se
pierden abrazos. Eso es el mundo.
Y luego se reconstruye.
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