Cuando estaba dejando de ser una niña solía encorvarme mucho. La mala postura de mi espalda era, a veces, tema de conversación, "tendrías que hacer algún deporte", "quizá necesitás un corpiño que se acomode mejor a tu espalda", "ponete derecha", "no camines así que te va a hacer mal", "sentate bien", "te deben pesar los senos".
Ah, quizá eso último sea lo más verdadero. Filosóficamente hablando, por supuesto. (Por supuesto).
Verás, todos los días, sin excepción, cuando salgo a caminar por las mismas calles que utilicé toda mi vida, personas extrañas me recuerdan que soy una belleza. Doy dos pasos enérgicos y ya alguien hace uso de su legítimo derecho a la expresión, tal como un grupo de pseudo-intelectuales comentarían los Nenúfares de Monet, "qué excelente uso del color".
(¿Cómo identificar a un verdadero intelectual? es el que contempla la obra en silencio).
¿Sueno pretenciosa? ¿Sueno egocéntrica? ¿Vanidosa?
Nadie te dice que al levantar la cabeza y mirar con decisión al frente no sólo estás siendo optimista y expresás carácter, sino que también exhibís una postura (como el mármol modelado en las estatuas que podes mirar y mirar y mirar en los museos, sujetas al escrutinio, la crítica, en fin, al ojo ajeno, y no tienen la dulce opción de callarlos indiscriminadamente porque todo lo absorben por sus porosas piedras que son sus manos, sus cabellos, sus piernas, incluso sus túnicas).
Puede ser que me faltara actividad física cuando era chica.
Lo mismo da si me falta ahora.
"Repartí un poco para las demás, que te sobra", "¿no te duele la espalda?".
El precio por erguirse como una columna es, generalmente, demasiado alto.
(La pregunta que no me estás haciendo es:
¿qué clase de techo sostienen esas columnas?).
Es horrible que intentemos tratarnos como objetos, que creamos tener derecho unos sobre otros.
Yo soy una persona. No soy un cuadro. No soy una estatua. No soy una columna. No soy un objeto. No soy esa idea, esa fantasía. No soy ese concepto.
Yo soy una persona.
¿Pero sabés qué?
Si me pesan. Me pesan desde hace siglos.
Y todos los días, sin excepción, cargo con este lastre y levanto la cabeza con orgullo. No, ni siquiera con orgullo. El orgullo me sale a veces. Es, más bien, haber con los años aprehendido la saludable idea de que es más valioso hacerle frente a las injusticias de este mundo, que partirme la espalda al medio y desaparecer.
No te pertenezco.
No me pertenecés.
Pero, si yo quiero y si vos querés, podemos charlar un rato.
1 comentario:
¡me encantaría charlar un rato!
Publicar un comentario