18 de octubre de 2013

La palabra agua


Me gustaría escribir algo mejor. O algo, a secas. O mojado. En realidad me gustaría escribir algo empapado, como si se hubiera quedado bajo una catarata durante unos minutos, los suficientes como para decir "ah, no sé qué esperaba, esto es agua y el agua moja". Y me gustaría que el lector se empape también o, mejor, que se sumerja en el escrito, que bucee un rato y que no tenga ganas de salir a tomar aire, excepto cuando tenga que hacerlo, en cuyo caso está bien.
Pero no tengo cómo hacer tal cosa. Creo. No estoy segura. Quizás ya tenés ganas de ir a comer una pizza. Las palabras no se acaban, siguen aquí. Tal vez las palabras sean como el agua y estemos impregnados de ellas, totalmente rodeados, ahogándonos en las palabras. A menos que seamos como los peces, entonces respiramos palabras, y cuando salimos a la superficie se nos cierra la garganta y aparece un dolor en el pecho y sabemos que podemos morir si continuamos expuestos al vacío. Si es así, si somos como peces que nacen en el océano del lenguaje, entonces las peceras son una cosa terrible: tienen poca agua, la suficiente, incluso la necesaria, pero no es el océano. Y no hay todas las plantas, ni todas las piedras, ¡seguramente no hay todos los peces! Es triste. Me parece. No estoy muy segura. De todas formas, la comparación llega hasta ahí, no puedo metaforizar que somos peces, no tanto. Nuestra sangre tiene temperatura propia, no como la de los peces. Eso significa muchas cosas. Quiere decir que hay un agua dentro nuestro que no se deja manipular por el exterior.
Qué cosa curiosa, el agua. Un par de moléculas y SPLASH vida. La sed es algo, también. No sé muy bien cómo definir la sed, exactamente, pero sé que es algo. Algo poderoso, urgente, coercitivo a veces. ¿Nadaremos por la sed?
Así como hay lenguas muertas, hay aguas muertas también. Acordate que existe todo un mar con ese nombre, aunque el ultraje está en la denominación de mar porque en realidad es un lago, así que está doblemente muerto. Pero volviendo a la poética, hay aguas muertas... lo que clara y científicamente indica que no hay agua ahí, en ese lugar, el que sea. Siempre cuando hay, hay agua viva, es decir, hay agua.
¿Y qué pasa con la lluvia? Acá cambiamos la metáfora, porque generalmente para recibir lluvia hay que ser persona que se deja mojar por la lluvia. El resultado es el mismo, de todas maneras: estamos empapados de palabras. Quizá medio inesperadamente, rápidamente, como un relámpago que carga el aire positivamente y anticipa la lluvia. Cuidado con salir fuera si hay alerta de tormenta eléctrica, se hace mucho ruido y la lluvia es demasiado fría.
En fin. No es casual que se compare a la palabra con el agua. Supongo que es una muy buena manera de unir lo físico con lo espiritual, y en el mundo necesitamos constantemente de esa clase de cosas. Me refiero a los puentes. Ahora suena muy bien el darle buenas palabras al otro, como un acto de caridad inmenso, tal como darle agua al que tiene sed. Se entienden las bendiciones desde esta perspectiva: es bien-decir, hablar bien.
Quisiera nunca dar agua muerta, es decir, no agua. Y espero recibir abundante agua, para la sed, para lavar, para jugar, para nadar.
Sólo espero que éstas hayan sido buenas palabras. Son para vos, tomá, te las regalo. ¡Salud!

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