21 de septiembre de 2014

Y yo os digo: dejad para mañana...

Hace un tiempo dejé de publicar lo que escribía porque me parecía que era o insuficiente o ignorante o conflictivo o aburrido o poco poético. Y últimamente estuve pensando que eso era una estupidez. Realmente, el quid de compartir mis escritos es justamente ponerlos afuera y que esa objetividad me ayude a pensar más claramente en el futuro, y si en el camino ayuda/alegra/interpela a otro, mejor.

Bueno, hola.

No sé muy bien porqué pensaba esas cosas de mis escritos (un poco son ciertas, igual) pero me parece que no venían de un lugar muy feliz. Es decir, es feo decirse que uno -y su producción- es insuficiente. Porque, si, la finitud de la vida y todas esas amargas yerbas, pero lo lindo del mate es que se comparte aunque el agua del termo se acabe eventualmente.
Entonces se me ocurrió un concepto fantástico. Bancá que ya te lo digo.

Otra razón por la cual no publicaba mis escritos era porque, ejem, no escribía. Dejaba "para mañana" el poner por escrito eso que se me ocurría a las dos de la madrugada mientras trataba con esfuerzo de conciliar el sueño (por cierto, ¿qué onda eso de que las mejores ideas vengan cuando menos puedo ponerlas en marcha? Basta para mí, basta para todos). En fín, procrastinaba escribir.

Y eso es lo que se me ocurrió, la idea que se me apareció brillante como el fósforo recién activado que enciende la hornalla que calienta la pava, la gloriosa idea de procrastinar la tristeza. Dejar para mañana el dolor de hoy, o la frustración de hoy, o la fiaca de hoy, o el enojo de hoy (el de insana medida, claro está). Dejar el basureo para mañana. Hoy no. Hoy vivo con alegría. Sacar el énfasis del hiper-optimismo (que llega a cansar y a veces me parece una burla irónica) y ponerlo en el grito de batalla, ese que dice "¡HOY NO!".
¡Qué sano! ¡Qué liberador!  Tengo permiso para sentirme fea y mala y para actuar acorde, pero mañana, hoy no porque hoy está precioso el día, mirá qué cielo y qué graciosa que es la gente.
El truco está en que "mañana" es un probable incierto, no asegurado y difuso, oscuro. Yo qué sé que pasa mañana. Capaz, tal vez y con la gracia de Dios, aquello que me entristecía hoy ya pasó mañana. Hay que creer en esto, no como un salvaguarda mágico que nos hunda en la impasividad, no. Hay que creer en esto porque así podemos trabajar hoy con ganas, sonreír con ganas, amar con ganas.

Dejá las lágrimas para mañana. Dejá la venganza para mañana.

Como dice siempre mi vieja: "cuando se me ocurren esas cosas, me acuesto un ratito que enseguida se me pasa". Y mi vieja sabe.
(Claro que ella lo decía en chiste para cuestiones tales como ordenar todo el placard y tareas titánicas semejantes).


**El título viene a cuento de un poema sobre la virtud de la Esperanza por Charles Péguy, específicamente la parte que dice:
"Y yo os digo Dejad para mañana
Esos cuidados y esas penas que hoy os roen
Y hoy podrían devoraros.
Dejad para mañana esos sollozos que os ahogan
Cuando veis la desgracia de hoy.
Esos sollozos que os suben y que os estrangulan.
Dejad para mañana esas lágrimas que os llenan los ojos y la cabeza.
Que os inundan. Que os caen. Esas lágrimas que os corroen.
Porque de aquí a mañana, yo, Dios, habré quizá pasado.
La sabiduría humana dice: Desdichado el que deja para mañana.
Y yo digo Dichoso, dichoso el que deja para mañana.
Dichoso el que deja. Es decir, Dichoso el que espera. Y que duerme.
"

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